Por eso me gusta mi boxito

chiste yucateco

Enamorada de mi boxito

Te lo voy a decir a ti que eres mi ich. Que no salga de aquí porque a mi boxito lo tengo convencido de lo contrario, pero la verdad es que me gusta, y me gusta bastante el mentecato, ¿y sa’es por qué? Porque tiene desarrollado el menos común de los sentidos: el sentido común y puro ver las soluciones hace, no los problemas. Eso lo descubrí hace poco, cuando estaba ayudándolo en el hotel donde trabaja como recepcionista principal; pero mejor te cuento el chisme desde el principio. Un magnate dueño de una cadena de hoteles llegó al de mi boxito. Venía como cualquier mortal, sin su traje de Armani ni su tambache de maletas, así que nadie lo pelaba, pero mi box cuando lo tuvo enfrente le dijo, “Buenos días señor; bienvenido de nuevo a nuestro hotel”. Maare tú, el ricachón casi se va de espaldas porque hacía más de un año se había hospedado allí y estaba impresionado –confieso que yo también-con la memoria de mi huiro, porque por mucha que una tenga está difícil, entre los miles de huéspedes, acordarse de la cara de un cliente al día siguiente;  ahora imagínate un año después. Con ese recibimiento, el millonario quedó tan apantallado que decidió implementar el servicio de reconocimiento de huéspedes en su propia cadena de hoteles.

Contrató una empresa de tecnología de punta especializada en reconocimiento facial, con cámaras ultra sofisticadas y una base de datos capaz de dar la respuesta en nanosegundos cuando un huésped repitiera su visita a uno de sus hoteles. Le dieron un presupuesto estratosférico; y si a esto le sumaba la capacitación de sus empleados, no te quiero decir cuántos ceros (más de seis) tendrías que ponerle a los dígitos. Como le empezó a doler el codo, tomó la decisión de viajar de regresar al hotel.

A su llegada mi boxito lo recibió de nuevo con esa irresistible sonrisa (yucateca, por supuesto): “Buenos días señor; bienvenido de nuevo a nuestro hotel”. El magnate esperó a que la recepción se desalojara y abordó a mi box ofreciendo el oro y el moro para que le diera el software con la tecnología que aplicaban para el reconocimiento de huéspedes. Mi ninio se ofendió con la propuesta indecente -por eso también me gusta el mentecato- y le dijo que no había ningún secreto: “Mira p’urux, le dijo, nosotros tenemos un arreglo con los taxistas. Ellos te preguntan si ya te has hospedado en este hotel y si tú dices que sí, el agarra y deja tus maletas aquí en el mostrador, me guiña el ojo, y se gana veinte pesos, ¿a lo viste?“. Esta vez el magnate sí se fue de espaldas, y debió darse un buen trancazo porque en los asegunes de la vida uno no debe estar al pendiente de los problemas sino de las soluciones.

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