Mulix, el apostador

el apostador yucateco

El mulix apostador saliendo del casino…¡Te fue mal, mulix!

“Estimado Director, te mando al mulix, es abusado y trabajador, pero tiene un defectito: le gustan las apuestas y no sé cómo le hace, pero siempre gana. Ya hasta ha reunido su chen capitalito con esa maña. Nunca le aceptes una apuesta porque además de ganar te deja en ridículo, ¿ya te fi´aste?” Así rezaba la carta de recomendación que un alto funcionario mandó al director del Comité de Tradiciones Yucatecas (Cotrayuc).
Al día siguiente el mulix se presentó a trabajar. Era un modelo de eficiencia y cumplía sus tareas con diligencia sin que se vieran señales de su manía, hasta que un día de agosto de lluvias torrenciales, se presentó en el despacho del director con un tambache de papeles para firmar. Mientras el director firmaba, el mulix, delicado y empalagoso le dijo:
—Supongo que esta tarde no saldrá usted.
—Pues supone usted mal,—respondió el director—, porque apenas coma, pienso salir.
—Yo no se lo aconsejaría—dijo el mulix­—, porque con la humedad se le van a retentar los callos.
—¿Qué callos? ¡Yo nunca he tenido callos!—contestó molesto el director.
—No se haga, que yo sé la friega que le dan—repuso el mulix con un guiño.
—¿Va a saberlo mejor que yo?—contestó el director.
—Claro que sí—repuso el mulix—, hasta le apostaría cinco mil pesos.
Cuando el gobernador oyó lo de “apostaría”, se acordó del aviso y le dijo al mulix que él sabía de su manía de las apuestas, pero que esta vez iba a perder.
—¿Me estás vacilando, jah?—respondió el mulix. Estoy tan seguro, que doblo mi apuesta a diez mil pesos.
El director, molesto por la terquedad del mulix y con ganas de darle su escarmiento, aceptó la apuesta. Convinieron en que dos callistas examinaran los pies del director delante del mulix y de otros empleados. Llegaron y dictaminaron que, en efecto, el señor no tenía callos. El director se embolsó los diez mil y contento, le mandó un correo a su amigo el funcionario. A las dos horas le llegó la respuesta:
­—¡Eres un idiota!—escribía furioso el funcionario—, te vieron la cara y de paso me la vieron a mí: El mulix contigo perdió contigo diez mil pesos, pero a mí me había apostado veinte mil a que tú te quitabas los zapatos y los calcetines, ¡y te mostrabas descalzo a los empleados y personas extrañas a la oficina!

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