El cenote de Kankirixché

Kankirixché
Donia way con su boxito y Camote, llegan al cenote Kankirixché

Ecoturismo ecoyucateco

Hablar de Yucatán es hablar de cenotes; en pocos lugares en el mundo existen estas grutas profundas con espejos de agua que terminan no sólo un espectáculo de la naturaleza sino un alivio climático porque te puedes dar un chapuzón de agua fresca en medio del calor que puede llegar hasta 50 grados a la sombra. Hay más de 2.500 cenotes, sin contar los que faltan por descubrir, pero hoy te quiero contar la experiencia que tuvimos en uno de los más chulos: el cenote de Kankirixché, en el municipio de Abalá.

Donia way emocionada le muestra las estalacticas del cenote Kankirixché a su boxito

Tempranito en la mañana mi boxito y yo nos alistamos para el paseo: yo me puse mi traje de baño y él su calzonera, hicimos unos sangüichitos, agarramos a Camote y subimos todos al volchito. El cenote no está lejos; nos fuimos por la vía a Campeche, al rato de estar andando tomamos la desviación a Uxmal y seguimos hasta que llegamos al cruce para ir al pueblo Abalá. Llegamos, pero no entramos porque en glorieta nos desviamos a Mucuyche por una carreterita medio pavimentada. Cuando llegamos a una torre de alta tensión con sus cables nos metimos por un caminito entre la selva por el que solo cabe un coche, con tan mala suerte que cuando ya casi llegábamos nos topamos con uno que venía y tuvimos que retroceder un montón hasta encontrar un claro para orillarnos y que pudiéramos pasar los dos. Era muy chistoso ver un coche atrás y otro adelante, y aunque mi boxito tenía retentado su wah, creo que hasta los tolocs se partían de risa. Después retomamos el camino hasta que llegamos a un desvío que, por fin, ma’are, nos llevó al bendito cenote que estaba escondido entre las ceibas.

Kankirixché

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A estas alturas mi p’uruxito estaba arrepentido de la aventura; no quería saber nada de piedras ni cenotes y como el calor ya estaba pegando duro me costó trabajo llevarlo hasta el hueco donde había unas escaleras de madera. Al principio puso su cara de fó, pero cuando desde arriba vio a unos 15 metros abajo el agua esmeralda del cenote Kankirixché se le abrieron los ojotes y empezó a bajar la escalera corriendo mientras se quitaba la playera. Pobre boxito. Se resbaló en uno de los escalones que estaba medio salido y empezó a rebotar por toda la escalera. Por eso no vio cómo entraban los rayos del sol a la gruta volviéndolo todo como de magia y encantamiento; el agua cristalina espejeaba en las estalactitas del techo de la gruta antes de que mi p’uruxito cayera de panza en medio del cenote, alborotando la paz de este lugar mágico con sus gritos de auxilio. Tuve que echarme un clavado desde los quince metros, nadar hasta él y darle su wascop para que se aquietara y poderlo rescatar porque, ¡se estaba ahogando el ninio!… pero creo que fue un mentecato porque cuando le estaba dando su respiración boca a boca te juro que vi que me guiñó el ojo, aunque él jura y perjura que se estaba muriendo y que le salvé la vida.

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Donia way a punto de revivir a su boxito con el boca a boca

Cuando pasó el susto nos sentamos en la plataforma de madera que hay allí y cuando nos vimos envueltos en esa poesía de luz, piedra y misterio empezamos pellizcarnos para saber si lo estábamos soñando o de verdad estábamos viviendo la magia de los antiguos mayas en el cenote Kankirixché uno de los cenotes más sorprendentes de todo Yucatán.

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